y al que mi novia le corrige la ortografía”
Por aquel entonces yo no hacia gran cosa, bueno, en realidad aun no hago gran cosa, pero antes hacia aun menos cosas, lo cual me dejaba mucho más tiempo libre, razón por la cual había quedado de verme con unos compañeros del colegio a quienes no veía hacia un año más o menos, precisamente desde que salí del colegio.
Eran dos, un él y una ella. El era un estudiante de matemáticas, carrera medio aburrida, tipo medio interesante y ella era una estudiante de medicina, carrera muy aburrida, niña muy aburrida. Lamento si para este punto me consideras un poco arrogante, pero de verdad nunca fui bueno para fingir paciencia, algunas cosas no vale la pena esconderlas y a decir verdad eso es lo que en ese momento pensabá.
Habíamos quedado de encontrarnos en una estación del metro de la ciudad, aquí es donde este relato se pone aburrido, era medio día y podría apostar lo que fuera a que iba a llegar a casa tan aburrido y sobrio como me encontraba mientras cruzaba el centro hacia la estación del metro.
Empecé a subir las escaleras de la estación añorando llegar a la plataforma del tren, desde donde podría recibir una brisa refrescante y disfrutar de la magnífica y grisácea vista de la ciudad de Medellín. Conociendo a la gente con la que me iba a encontrar como supuse que la conocía, llevarían esperándome por lo menos hace quince minutos.
Mientras subía las escaleras de la estación me detuve un momento a mirar por la ventana una interesante mancha de humedad que se había formado en el edificio del frente, tenia forma como de elefante con dos trompas que peleaba con algo que era más o menos no del todo diferente a una cucaracha gigante. La cucaracha iba ganando pero el elefante le hizo una llave con sus dos trompas entre el abdomen y el tórax apretándola muy fuerte hasta que con un fuerte crujido el imponente insecto cayó derrotado, así fue como sin darme cuenta ya estaba en la plataforma de metro vagando entre la gente que esperaba el tren.
Creo que le había dado unas tres o cuatro vueltas a la plataforma de punta a punta antes de caer en cuenta de que estaba buscando a alguien, y cuando al fin me pude concentrar en ello la vi inmediatamente, bueno, en realidad la gente abordo el tren en ese momento y la plataforma se vació dejándonos a nosotros dos solos. Estaba al otro lado de la plataforma sentada cómodamente mirando lo que parecía ser un libro muy colorido, yo me empezó a acercar a ella pensando cómo hablarle sin parecer que planeo robarle (que puedo decir, ese es mi efecto con las mujeres).
La plataforma del metro lleno gradualmente de gente tan rápido como se había vaciado, pero yo seguía con mi mirada fija en el punto donde me pareció haberla visto. Aun no se me ocurría nada para decirle, no soy el tipo conversador ni mujeriego, a duras penas he tenido unas cuantas relaciones en mi vida y ninguna ha tenido buen final. Bueno, voy a acercarme y decirle algo divertido –pensé– sí, eso haré, o tal vez solo deba hablarle serio y saludarla como se saluda a un viejo conocido, mmm para ambos casos no se me ocurre gran cosa.
En ese momento llegue donde ella abruptamente, saliendo del gentío tan rápido que lo único que pude pensar fue: ¡Ya se!, solo me parare a su lado y dejare que ella me vea. Si, esa va a ser a mi estrategia maestra (el que piense que soy un perdedor, está en todo su derecho)
Antes de poner en práctica mi plan le dispare una mirada, es difícil de describir lo que vi, en apariencia tenía algo de Evanna Lynch y algo de Helena Bonham Carter, pero en cierta forma que no puedo explicar muy bien, no se parecía en nada a ninguna de ellas dos.
Así fue como me pare sospechosamente cerca de ella, fingiendo no verla mientras admiraba la magnífica y grisácea vista de Medellín que ya había mencionado antes. Y ella ahí, sin inmutarse no mirandome de verdad.
Ahora imagínate la escena, un hombre sudoroso, más bien desaliñado y flaco, mal vestido y mal parado tratando de llamar la atención de una niña linda y sana por medio de su antipatía, no se ustedes pero esa imagen permanece en mi cabeza como prueba de que soy un fracaso en cuestión de mujeres.
La estación se vació y se lleno unas cuatro veces tan lento que casi parecía una orquesta de caminantes que interpretan sin muchos animos el allegretto de la séptima de Beethoven en medio de mucho gas adormecedor. Mientras estos dos personajes, ignorándose mutuamente seguían allí, exactamente en la misma posición. En situaciones así se puede ver la vida girando alrededor de este tipo de situaciones lenta y perezosamente, arrastrando los pies en un desanimado afán por acabar pronto y morir de una buena vez.
Yo no pensaba mucho, trataba de no hacerlo, estaba a la espera de que algo pasara, pero nada en el mundo, ni mis dieciocho años de experiencia, ni Shakespeare, ni Freud, ni Chaplin y ni siquiera el Dr. House me pudieron haber preparado para el golpe que ese día se desencadenaría sobre mí, un golpe tan fuerte que casi un año más tarde aun siento sus efectos. Un año, un feliz año que llevo junto a aquella hermosa niña medio aburrida que ese día en el metro se dedico a ignorar la forma en que yo fingía ignorarla.
